¿Podemos querer libremente lo que queremos? Determinismo, conocimiento y libertad.
Crecer, desarrollarse como seres humanos tiene mucho que ver con ser libres y autónomos, es decir, con pensar y juzgar las cosas por nosotros mismos, como seres racionales que somos, en lugar de limitarnos a obedecer órdenes o ser utilizados como marionetas por otras personas (en ese caso nos comportaríamos de forma heterónoma, que es lo contrario de ser autónomos)[1].
Además, ser libres y
autónomos tiene relación con actuar dignamente (como los seres o personas que
somos), con nuestra soberanía democrática y con la noción de responsabilidad.
Ahora bien, ¿en qué
consiste ser libres? La cultura nos da en ocasiones una visión frívola y falsa
de la libertad, según la cual esta consiste en hacer lo que queramos sin
encontrar obstáculos (casi como si fuéramos omnipotentes). Además, suele
confundirla con una suerte de sensación o estado emotivo, ligado casi siempre
al placer, el juego, el viaje exótico, el disfrute de ciertos objetos de lujo,
etc.
¿Pero qué es realmente la
libertad y qué relación tiene con el saber y la filosofía?
En un primer análisis,
ser libres tiene que ver con dos factores: (a) la posibilidad de escoger y (b)
que la elección sea autónoma, es decir, realmente nuestra. Lo primero parece
claro: no hay circunstancia, por condicionante que
sea, en la que no parezca que podamos decidir entre varias opciones[2].
No somos omnipotentes, no podemos decidirlo todo, pero siempre tenemos que
decidir algo (en este sentido, y como decía Sartre, estamos condenados a ser
libres; no podemos decidir no decidir) o, al menos, eso parece. El segundo
de los factores parece más problemático. Decir que ser libres consiste en que
la elección sea realmente “nuestra” conduce a algunos problemas que
veremos en seguida: ¿en qué consiste ese “nuestro” del que hablamos? ¿Desde qué
“lugar” de nosotros mismos decidimos? ¿Y cómo podemos asegurar que esa decisión
es realmente libre?
Posibilidad de elección y
autonomía, esto son los dos grandes ingredientes de la libertad: que podamos
escoger y que seamos nosotros los que efectivamente elijamos lo que nos parezca
mejor (esto de “mejor” es, por cierto, lo que entronca el problema antropológico
de la libertad con el problema ético del bien, pero este asunto lo dejamos para
el siguiente capítulo).
En cuanto a la relación de la libertad
con el saber y la filosofía, esta no es difícil de establecer en principio. En
primer lugar, cuánto más
conocimientos y sabiduría tengamos más capacidad tendremos para imaginar
posibilidades[3] (cursos
de acción diferentes, distintas respuestas a un problema, etc.). Y, en segundo
lugar, cuanto más “filósofos” seamos más nos empeñaremos en la tarea de someter
a reflexión crítica las ideas en que hemos sido educados y establecer nuestros
propios criterios y normas de decisión (nuestro propio sistema de ideas y
valores), y es en esto último en lo que parece que consiste lo de “ser
autónomos”.
Hasta aquí lo más fácil.
Ahora, como buenos filósofos y filósofas, hemos de poner todo esto en cuestión.
El problema del
determinismo. ¿Podemos realmente escoger cosas?
Imaginaos que curioseando en una librería
de viejo encontrara de repente un extraño volumen: una biografía, escrita por
un autor anónimo, titulada justo con mi nombre. Algo así como “Víctor Bermúdez:
su vida”. Imaginaos que empezara a leerla y observara, atónito, como describía
a la perfección mi vida hasta el momento, justo, en que entraba en esa librería
de viejo, encontraba ese extraño libro y, ante la sorpresa que me causaba, me
daba un infarto y moría… ¿Es verosímil esta historia? ¿Es posible? ¿Qué creéis que me pasaría realmente si
llegara a encontrar un libro así?
En un fabuloso cuento de Jorge Luis
Borges (La biblioteca de Babel), el universo es concebido como una
inmensa y laberíntica biblioteca en la que los humanos andan peregrinando de
aquí para allá buscando El Libro que pueda explicarles su propia vida.
Tal vez sea imposible, porque la biblioteca parece infinita, pero tal vez no,
porque si en ella están todos los libros posibles, ha de estar también el libro
que describe exactamente cada una de nuestras vidas (y muertes), todas
encerradas en la misteriosa secuencia que va de la A a la Z (el Alfa y la Omega)
…
¿Todo está, pues, escrito? Si hacemos
caso a la experiencia cotidiana, en la que hemos de tomar constantemente
decisiones, a veces angustiosas, se diría que no. Pero si hacemos caso a la
razón, la cosa se complica. Si todo en el universo está regido por leyes, como
presume la ciencia, cada una de nuestras acciones podría predecirse tal como se
calcula el paso de un cometa. O, como diría un teólogo: tal como prevé un dios
omnisciente[4]. Y
no hay ateísmo ni probabilismo al que agarrarse: si la libertad fuera hija del
azar, seríamos tan «libres» como… la ruleta de un casino…[5]
Una buena imagen, aunque algo tosca, de
este determinismo es el de uno de estos juegos en el que se simula el “efecto
dominó”. ¿Cómo no imaginarnos que cada uno de nuestros actos es el efecto más o
menos complejo de determinadas causas y de lo que determina el conjunto de las
leyes (físicas, químicas, biológicas, psicológicas, socioculturales…)[6].
Así, podríamos suponer que cada una de las fichas del juego fuera como una de
nuestras acciones (y nuestra vida entera la secuencia de caídas, ficha tras
ficha, desde el principio al final). ¿Podría, alguna de ellas, haber sucedido
de otro modo de cómo sucedido en ese momento y lugar?
A esta teoría se le llama “determinismo”.
Antiguamente se creía más en un determinismo divino (todo lo mueven los hilos
de la Parca); pero hoy es más corriente el determinismo materialista, que dice
que, puesto que todos nuestros movimientos están regidos por leyes mecánicas,
la libertad es una ilusión
Ahora bien, si la libertad parece algo
tan imposible de concebir, ¿por qué la experimentamos tan a menudo? Algunos
filósofos piensan que por ignorancia: toda nuestra experiencia de libertad
sería una ilusión fruto del desconocimiento de todo lo que nos obliga a
“decidir” y actuar de cierta forma a cada momento[7].
El problema de la libertad de la
voluntad: ¿podemos realmente ser autónomos?
Vamos a empezar por suponer que nuestra
voluntad es capaz de decidir por sí misma de forma autónoma, esto es: independientemente
de las determinaciones externas (la influencia de otros, el entorno cultural, las
circunstancias materiales…). Esto no quiere decir que el entorno no condicione
nuestras decisiones, sino solo que no lo hace de un modo tan determinante que
lleguemos a considerar que suplanta nuestra propia voluntad.
Ahora bien, ¿no está también influida nuestra
voluntad por determinaciones internas? Porque la palabra “autónomo” es demasiado
vaga. ¿Qué significa decidir por “nosotros mismos”? ¿Desde qué facultad,
función o lugar de nosotros mismos se “fabrica” la voluntad? ¿Y qué nos dice
tal cosa en relación con la libertad?
Hay personas que piensan que el lugar desde
donde la voluntad se determina fundamentalmente a querer esto o lo otro es la
emotividad. Así, diríamos que somos libres y autónomos cuando nuestro querer es
determinado por nuestras propias experiencias emocionales (por ejemplo: el placer,
el dolor o emociones más complejas, como los supuestos sentimientos o
impresiones morales); es decir: cuando hacemos lo que nos dicta el corazón (o
lo que sentimos que es “mejor” a tenor de esa experiencia emocional)[9].
Ahora bien, más allá de la fiabilidad o claridad con que “nos hable” el
corazón, la cuestión más peliaguda de resolver aquí es si las emociones son
también elegibles libremente o si, por el contrario, lo que nos “dicta” el
corazón es realmente una “dictadura” que nos obliga a querer sin remedio esto o
lo otro. ¿Qué creéis? Contra algunos prejuicios al respecto, la respuesta
parece ser que las emociones no son tan tiránicas, sino que, al depender de
nuestras ideas y creencias (es decir: de cómo entendemos el mundo y las cosas
que nos pasan en él), si cambiamos esas ideas, las emociones cambiaran también.
Lo que acabamos de decir nos conduce a la
siguiente hipótesis: la voluntad se determina fundamentalmente en función de
nuestras ideas y creencias (sea a través de las emociones o independientemente
de ellas – o incluso contra ellas, como cuando queremos emotivamente algo que
nuestras ideas y principios no aceptan –) y siempre que estas ideas y creencias
hayan sido establecidas y asumidas por nosotros (y no por quienes nos han
educado o nos “manipulan” a través de los medios, etc.). Ahora bien, que las
ideas y creencias que determinan nuestras decisiones sean asumidas por nosotros
puede querer decir dos cosas: que las asumimos porque entendemos que son las
más apropiadas para guiar nuestras decisiones, o que las asumimos aun sin
entender que sean las más apropiadas (por pura voluntad de asumirlas o
creerlas). En el primer caso se trataría de una concepción cognitivista (y de
un tipo de ética intelectualista) y en el segundo caso de una concepción
puramente voluntarista.
La concepción más intelectualista afirma
que ser libre consiste en querer algo, no ya porque “sintamos” que es mejor,
sino porque entendemos de forma racional que lo es. Según esta teoría, la
libertad consiste en usar el entendimiento para determinar a la voluntad: una
vez entiendo por mí mismo que una opción es mejor que otra, es a ella a la que
inevitablemente prefiero. Pero lo terrible es que esto parece conducirnos, de
nuevo, a un modelo determinista, esta vez de la razón, pues, si elijo de modo
racional, lo que hago es “someterme” a las leyes inflexibles de la razón (de
manera que si estimo que A es una decisión más racional que B, no tendré “más
remedio” que querer A)[10].
La concepción más voluntarista es aquella
que afirma que, dado que tanto la emoción como el entendimiento no son en sí
mismas facultades que puedan autodeterminarse libremente (las emociones están
sujetas al entendimiento, y este está sujeto a las leyes de la razón), la
voluntad solo es libre cuando se autodetermina por sí misma. Es decir, cuando quiero
A o quiero B “porque sí”, porque lo quiero, por pura voluntad (o voluntad de
voluntad, o “voluntad de poder”, que diría algún filósofo). Ahora bien, esta
posición, denominada a veces “voluntarismo” no es fácil de sostener como teoría
de la libertad. Si esa pura voluntad es movida por algo superior (como cuando
hablamos de la fe religiosa), nos encontramos con una situación heterónoma (no
autónoma) de la voluntad. Y si es movida únicamente por sí misma, la decisión
sería algo análogo a un capricho irracional, a algo azaroso o inexplicable.
¿Pero podríamos parangonar la libertad con el azar? Si ser libre fuera como
actuar a capricho, sin razón ninguna (caso de que tal cosa fuera posible),
nuestra conducta no sería más libre o responsable que la de la bola de una
ruleta.
Concluimos.
El problema de la libertad es un problema antropológico, psicológico y
metafísico de primer orden. Cabría decir que si el mundo es una estructura
determinista obediente a leyes, la libertad humana es ilusoria, a no ser que
desliguemos la naturaleza humana del mundo material, lo cual conduce a otros
problemas[11].
Y que si la libertad presupone un grado o estado de indeterminación previo,
este resultaría incomprensible, con lo que la libertad también.
¿Somos entonces realmente libres? Si lo
somos, tal como la experiencia cotidiana parece indicar, no podemos entender
cómo. Y si no lo somos, tal como el entendimiento parece corroborar, gran parte
de nuestra experiencia existencial, y de las estructuras sociales e ideológicas
que hemos construido a partir de ella (sistemas penales, atribución de culpa y
responsabilidad, reconocimiento de méritos, dignidad humana…) es ilusoria.
¿Qué debemos hacer entonces? ¿Esto nos
conduce al siguiente punto. El relativo al problema del bien y la ética, la
política y la estética.
[1] La historia de Adán y Eva refleja muy bien el paso desde una
situación de heteronomía (las normas las pone otro) a una situación de autonomía
(las normas las pone uno mismo). Este
mismo paso es el que da una persona cuando pasa de la niñez (en que es una
especie de “súbdito” de los adultos) a la edad adulta (en que puede ser dueño
de sí mismo). Este paso se suele manifestar inicialmente en el acto de la desobediencia.
Adán y Eva desobedecen los mandatos de Dios igual que un adolescente desobedece
los de sus padres. ¿Y por qué desobedecen?...
Pues porque cuando empezamos a crecer ya no nos vale obedecer como un animal
o conformamos con el “porque-lo-digo-yo”, ni tampoco con el
“porque-siempre-se-ha-hecho-así-y-basta”, sino que queremos ideas y razones
aceptables para hacer lo que nos piden... Por eso, además de desobedecer las
órdenes injustificadas que se nos dan, nos empeñamos en cuestionar las ideas o
razones con que tratan de justificarnos dichas órdenes (y que suelen ser las
mismas en las que hemos sido educados). Con este ejercicio de reflexión, es
decir: de mirarse críticamente en el “espejo” de las ideas recibidas, comienza
a desarrollarse la autonomía racional del ser humano. Cuestionar las ideas
recibidas significa analizarlas, evaluarlas, compararlas con otras y,
finalmente, asumirlas o sustituirlas por aquellas que creemos mejores. Este
paso de la heteronomía a la autonomía no es, desde luego, fácil, ni cómodo (y a
veces hace falta una seductora serpiente que nos anime), pero, en la
medida en que nos desarrollamos como seres humanos, resulta inevitable.
[2] Nadie escoge nacer, pero parece que puedes decidir si seguir o no
seguir estando vivo. Nadie puede escoger la inmortalidad, pero quizás sí la
forma en que afrontamos la muerte. Aparentemente, al menos, nadie puede
doblegar tu voluntad si tú no quieres (no confundir doblegar con anular
y convertirte en una especie de zombi). Si te amenazan con un arma para que,
por ejemplo, delates a alguien, siempre puedes decidir que no (aunque tal
decisión, como todas, tenga consecuencias).
[3] Lo posible no existe en
el mundo que llamamos vulgarmente real o fáctico, sino solo en el misterioso
mundo de las cosas que pensamos o imaginamos.
[4] Suponed ahora esta otra hipótesis: la de un ser perfectamente
sabio que, por ser tan sabio, conociera perfectamente las leyes de la
naturaleza y la naturaleza de cada cosa y de las relaciones entre ellas. Para
este ser omnisciente todo lo que ha ocurrido, ocurre y puede ocurrir en el
universo estaría, todo ello, presente ante sí; para él no habría sorpresas,
todo lo futuro estaría perfectamente conocido y previsto, incluyendo cada uno
de los actos y decisiones de nuestras vidas. Para ese ser sapientísimo todo
estaría escrito, por lo que verdaderamente (desde la perspectiva de un
hipotético conocimiento absoluto) no habría libertad ninguna…
[5] De poco sirve que la física actual no sea completamente
determinista, sino probabilista, porque, ¿cómo podría colarse la libertad en
esa probabilidad?
[6] No entramos ahora en determinismos, igualmente materialistas,
pero de corte biológico o social, porque, en términos argumentales, es
irrelevante
[7] Otros filósofos, llamados compatibilistas, que piensan no hay
auténtica contradicción entre libertad y determinismo: sencillamente se
trataría de dos niveles paralelos de sucesos. Lo que, a nivel micro-físico,
sería totalmente mecánico, a nivel psicológico sucede como libre decisión. Pero
¿podemos hablar de una decisión libre si un físico puede predecir lo que vas a
hacer?
[8] El concepto más superficial de libertad (llamado a veces concepto
de libertad negativa), según el cual la libertad es “hacer lo que quieras sin
que nada te lo impida”, es insuficiente; no solo porque parezca olvidar que no
somos omnipotentes (nuestra acción siempre está sujeta a límites, sin que por
ello dejemos de experimentarnos como seres libres), sino porque descuida una
pregunta esencial: ¿es libre nuestro propio “querer”? ¿Podríamos querer algo
distinto a lo que queremos? ¿Por qué queremos unas cosas y no otras?
[9] A esta posición podemos relacionarla (aunque con muchas
salvedades) con teorías éticas como el emotivismo.
[10] Una posible salida a esta cuestión consiste en argüir que las leyes
de la razón son las leyes mismas de nuestra naturaleza como seres racionales,
de manera que obedecer a la razón sería poco menos que “obedecerme a mí mismo”.
Ahora bien, este argumento es igualmente discutible: ¿por qué vamos a equiparar
el entendimiento a la pura razón? Además, siendo la razón algo universal y
abstracto, no parece que pueda explicar mi propia idiosincrasia como sujeto.
[11] Por ejemplo: ¿cómo es posible que seamos una realidad
trascendente? ¿Cómo se relaciona lo trascendente con lo inmanente del mundo?
¿qué significa ser libre en el ámbito de lo trascendente? ¿No conduciría esto
también a otro tipo de determinismo?
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