Dudo, luego filosofo. De Sócrates a Descartes.
Según vimos en la
sesión anterior, el amor a la sabiduría (es decir, la filosofía)
es el modo idóneo de engrandecer y perfeccionar el alma, de ser más y mejores.
Ahora bien, ¿por qué habíamos de creernos tal cosa? Al fin y al cabo, lo que os
conté estaba trufado de mitos. Anclar el origen y necesidad de la filosofía en mitos
parece, cuando menos, dudoso…
Pero he aquí que
la duda es otra de las manifestaciones de nuestra supuesta “naturaleza
filosófica”. Dicen que decía ese maestro de maestros que fue Sócrates que no había en Grecia nadie más sabio que él. Pues solo él –decía este paladín
de la ironía— tenía claro que no tenía claro nada. Solo sé que no sé
nada, decía saber Sócrates, y justo por eso, por saber que no sabía, era
por lo que aspiraba a saber “de verdad”.
Ahora bien, ¿qué
diferencia hay entre un “saber de verdad” y un falso saber (es decir, un saber
que no lo es)? Todos tenemos la cabeza llena de representaciones o creencias:
percibimos, imaginamos, soñamos, pensamos “cosas”, muchas de ellas divergentes
o contradictorias (sueño, imagino, percibo, me dicen a veces que soy guapo, pero
otras tantas veces sueño, percibo o me dicen que no). ¿Cuál de estas
representaciones será correcta o verdadera? No puedo ser guapo y no serlo a la
vez.
Esta divergencia,
y la experiencia constante del error (“pensaba que era martes y resulta que es
miércoles”) nos llevan a tener cada vez más claro que una cosa es el mundo y
otra, bien distinta, mis creencias sobre el mundo, es decir: mi mente. Yerro,
luego soy consciente de la diferencia entre mi mente (yo mismo) y el mundo. Y
es en ese “espacio” intermedio entre mente y mundo (o entre la realidad
subjetiva y la realidad objetiva) en el que tiene lugar el problema de la
verdad. ¿Será verdadero lo que me represento en mi mente? ¿No será una simple
ilusión mía? ¿Cómo será realmente el mundo más allá de lo que creo ver?
Paradigmáticamente,
el filósofo (o el ser humano en general) es el tipo que quiere saber más
de la cuenta, porque, justamente, no se fía de lo que se cuenta (ni
siquiera de lo que se cuenta habitualmente a sí mismo). ¿Qué hay de verdadero
en lo que, por defecto, creemos saber, en aquello en lo que hemos sido educados
y que constituye el cúmulo de creencias vigente en nuestro entorno? De hecho:
¿Por qué nos creemos todas esas cosas, más allá del hábito o del deseo de no
desentonar y pensar como es debido?... La duda, la conciencia de lo
arbitrario e incierto de nuestras certezas es una experiencia angustiosa que se
extiende por toda nuestra vida (al fin y al cabo todo lo que hacemos está fiado
a tales certezas). La duda nos deja en los “huesos filosóficos”, esto es, en la
certeza de la duda misma: todo es dudoso, menos la duda misma. Dudo
luego existo (decían sin dudarlo San Agustín o Descartes). Pero la
certeza de la duda es solo el punto de partida. Dudo, luego he de buscar el
resto de verdades indudables que necesito para hacer algo más que dudar. La
filosofía es la búsqueda de un suelo firme ante la certeza (la única que
tenemos) de que todo a nuestro alrededor (es decir, todo lo que pensamos acerca
de nuestro alrededor) se tambalea.
¿Qué es la verdad?
¿Lo que veo, lo que siento, lo que creo, lo que entiendo?... ¡Este es uno de
los problemas más verdaderos de la filosofía! ¿O no? ¿Sabéis distinguir lo
verdadero de lo falso?
Solemos llamar
“verdad” a una cualidad de nuestros pensamientos (proposiciones) o de las
frases (enunciados) con que los expresamos. Una proposición o enunciado tiene
la cualidad de “ser verdadero” cuando lo que pensamos o decimos con él se
corresponde con la realidad (entendiendo realidad en un sentido amplio –
material, ideal – como aquello que existe en el sentido en que yo lo enuncio). Ahora
bien: ¿Cómo sabemos que se corresponde? Veamos estos cinco (presuntos)
criterios de verdad.
(1) Una de las maneras de intentar justificar la
correspondencia entre lo que pienso o digo y el mundo es la mera sensación. Por
ejemplo, creo saber que el enunciado “El delantero ha marcado un gol” es
verdadero porque lo acabo de ver por televisión. Todo aquello que afirmamos
como verdadero porque lo hemos visto u oído, o lo hemos experimentado de alguna
forma (informal) pertenecería a esta categoría.
(2) Otra presunta manera de justificar la verdad
de un pensamiento o enunciado estaría más ligada a la emotividad (a esa forma
de sentir que no es la sensación, sino la emoción). Por ejemplo, creo saber que
es verdad que “la película de ayer era muy bonita” porque me gustó mucho. Creo
saber que “este es el lugar donde debo vivir” porque me lo dice el corazón.
Etc.
(3) Un tercer presunto criterio para validar
la verdad de un proposición o enunciado es la voluntad, es decir, la fe. Por
ejemplo, creo saber que es verdad que “Dios creó el mundo” porque tengo la firme
voluntad de creérmelo, aunque no tenga “pruebas” ni entienda demasiado cómo lo
hizo. Creo lo que me cuenta tal o cual persona porque “me fío” de ella, es
decir, tengo la voluntad de creerle aunque no tenga pruebas. Etc.
(4) Un cuarto supuesto criterio es el de las pruebas
experimentales, que es un tipo de experiencia sensorial, pero más formal y
controlada. Así, creo saber que es verdad que “el agua hierve a cien grados”
porque hemos hecho muchos experimentos, cuidadosamente diseñados, en los que “observamos”
como el agua hierve a esa temperatura.
(5) Y un quinto criterio sería la pura lógica.
Así, creo saber que es verdad que “dos cosas iguales a una tercera son iguales
entre sí”, o que “el todo es siempre mayor que cualquier de sus partes”, porque
después de pensarlo me doy cuenta de que lo contrario es imposible, es decir,
que tales cosas son lógicamente “necesarias”.
Según hagamos caso
a uno u otro de estos presuntos “criterios de verdad” podremos hablar de:
(A) Saberes racionales. Son los que obedecen al criterio (5),
(4) y, a veces, un poquito el (3). Los que solo aceptan el criterio (5) son
denominados “saberes puramente racionales” o “lógicos” (la filosofía se
considera habitualmente como uno de estos saberes). Y los que siguen el
criterio (5) y el criterio (4) (más, a veces, un poquito el (3)), se denominan
“saberes empírico-racionales” (la mayoría de las ciencias son consideras
hoy como saberes empírico-racionales).
(B) Saberes
irracionales. Son los que dicen obedecer los criterios (1), (2) y (3). Por
ejemplo, lo que solemos llamar saber común o vulgar obedece a menudo el
criterio (1), aunque también un poco al (2) y al (3). Los juicios estéticos parecen obedecer al
criterio (2), por lo que también representarían un saber irracional. Los dogmas
o verdades religiosas obedecen, típicamente, al criterio (3).
Sobra decir que
para mucha gente, filósofos incluidos, los saberes irracionales no son propiamente
saberes, sino simples creencias más o menos verosímiles, pero no
demostradamente verdaderas. Ahora bien, ¿desde qué criterio puede atreverse a
decir alguien que otros criterios no son válidos? ¿Y cómo podríamos justificar
la suprema validez o “super-verdad” de ese criterio de verdad? Esto es: ¿cuál
de estos tipos de verdad o saber resulta realmente certero?
Descartes, un
filósofo francés del siglo XVII, pensaba que todos esos criterios podían ser
objetables y defectuosos, por lo que, según él, no había ninguna pretendida
verdad de la que no pudiéramos dudar… (salvo de una, que ya veremos). Hagamos
algo parecido a lo que hace Descartes en su famoso “Discurso del método”.
Hagamos, como él, un ejercicio de duda metódica.
¿Podemos dudar,
por ejemplo, de las “verdades sensoriales”, es decir, del presunto saber que
nos ofrecen los sentidos? No solo podemos, sino que debemos: es evidente que lo
que vemos no es evidente; nuestra percepción está plagada de errores (ilusiones
perceptivas, errores de interpretación, perjuicios que enturbian nuestra mirada…)…
En general, todo lo que llamamos “saber común” es más que dudoso. Lo que “se
dice” o “se cuenta” es muy poco de fiar. Pensad en los bulos o las llamadas “fake
news”, pero también en las opiniones que habitualmente mantenemos. Por ejemplo:
que “el mal con mal se paga”, que “España es para los españoles”, que “todos
los hombres son iguales”, que “más vale lo malo conocido que lo bueno por
conocer”, etc. (si os buscáis un refranero hallaréis una completa lista de
opiniones y prejuicios comunes). Estas ideas nos parecen convincentes bien por
experiencia propia (una experiencia informal y privada, no científica), bien
por generar una fuerte inclinación emotiva a su favor (porque favorezcan
nuestros intereses, porque confirmen ideas en las que creemos ingenuamente,
etc.), o bien por simple fe en la autoridad de ciertas personas que
consideramos sabias, o en lo que “siempre se ha dicho”, es decir, en la tradición;
es decir, que todas ellas son irracionales (fundan su presunta verdad en los
criterios (1), (2) y (3)). Por cierto, hoy día, a esta tradición fuente de
opiniones y prejuicios se le han unido los medios de comunicación, o las
vulgarización del conocimiento científico. Así, hay hoy cientos de opiniones
que se aceptan comúnmente como verdaderas por parecer “científicas” o por
efecto de la demagógica seducción que pueden ejercer los medios de comunicación
(a veces, como en los llamados “documentales falsos”, se unen las dos).
En cuanto a las “verdades”
construidas a base de corazonadas, ¿qué decir de ellas? Es un supuesto saber
tan débil que muchas veces ni siquiera aspiramos a que sea tenido por
verdadero. “Es solo una corazonada”; “es una mera impresión mía”; “es una
cuestión de gustos” … Todo eso decimos para “curarnos en salud” y no afirmar
como verdadero algo que no tiene más prueba que una misteriosa aprobación del “corazón”.
Las “verdades de
fe” son otro mundo, aunque parecen relacionadas con ciertas experiencias sensoriales
más o menos extraordinarias (visiones, audiciones misteriosas, alucinaciones
inducidas por ciertas sustancias, como ocurre en algunos ritos chamánicos, o a
través de ciertas prácticas repetidas – baile convulsivo, privaciones,
respiración profunda, repetición de mantras o rezos, etc. –) y, desde luego,
con las emociones (los relatos, imágenes y ceremonias religiosas están
directamente dirigidos, en muchas ocasiones, a excitar las emociones). En
cualquier caso, la presunta verdad de fe se funda, como decíamos, en un puro
ejercicio de voluntad, por lo que es perfectamente posible dudar de ellas; basta
con que ese voluntad falte o decaiga. Religión y duda son como agua y aceite;
no pueden mezclarse, aunque, desde luego, convivan contantemente (¿Qué persona
religiosa no tiene de vez en cuando dudas? ¿qué persona no religiosa no tiene a
menudo una fe ciega en determinadas cosas?).
En cuanto a las “verdades
empíricas” o saberes empírico-racionales, estas son más difíciles de
cuestionar. Aunque en cuanto uno empieza a hacerlo… Recordemos primero lo que
son. Son verdades que, en último término, se justifican por evidencia
experimental (por observaciones y experimentos científicos) y por inducción
(generalización a partir de una cierta cantidad de datos experimentales). Por
ejemplo, la verdad del enunciado “el agua hierve al alcanzar los 100 grados
centígrados” será demostrada de modo empírico racional si una cantidad
suficiente de experimentos indican que el agua sólo hierve al alcanzar los 100
grados. Como se supone que los experimentos permiten obtener respuestas
directamente de la realidad (al menos, de su aspecto material y observable),
los enunciados cuyo contenido es corroborado por los experimentos muestran,
así, su correspondencia con la realidad y, por tanto, su carácter verdadero y
objetivo. A los enunciados así demostrados (y con los que, en su mayor parte,
se forman las teorías científicas) se les llama "enunciados empíricamente
verdaderos", o "verdades de hecho". Por supuesto, todo esto es
mucho más complejo. Por ejemplo, para que algo sea una verdad empírica por
evidencia observacional (los llamados “datos”), la observación o experimento en
la que se obtiene ha de cumplir con ciertos requisitos: (a) todos los elementos
o “variables” que vayamos a tener en cuenta (o puedan interferir) en el
experimento u observación deben estar definidos y sujetos a control; (b) todos
los datos relevantes para el experimento deben estar cuantificados con exactitud;
(c) todos los pasos del proceso experimental deben estar predeterminados y
deben poder ser ejecutados por cualquier experimentador que desee hacer el
mismo experimento; (d) las conclusiones del experimento deben tomarse por
acuerdo entre todos los experimentadores que han participado en el mismo.
Las verdades
empíricas, pese a su prestigio, son también enormemente dudosas. De entrada
porque se fundan en experiencias sensibles y, por lo tanto, subjetivas y susceptibles
de ser consideradas como meras interpretaciones perceptivas o incluso como errores
o “alucinaciones” (vamos, como un sueño cartesiano más). Y el hecho de que
provengan de un consenso intersubjetivo no las salva. Primero, porque existen
las “alucinaciones” colectivas. Segundo, porque nadie puede saber realmente “lo
que ven” los demás; el acuerdo intersubjetivo depende, de hecho, del lenguaje, de
lo que cada uno cuenta, con todo lo que ello implica. Otro objeción típica, y
relacionada también con el lenguaje, es que la percepción, por controlada que
esté, depende siempre de las ideas previas que tienen los observadores, además
de aquellas otras ideas, conscientes (principios, axiomas, postulados,
definiciones) o no conscientes (prejuicios, sesgos), que se hayan podido colar
en el experimento. ¿Acaso se puede percibir algo sin la idea de aquello que
percibimos? ¿Se puede aprender desde cero, como si la mente fuera una “pizarra
en blanco” en la que se imprime directamente la realidad experimentada? Parece
que no. Es más, dado que nuestra mente es inseparable de ciertas condiciones
neurológicas, lógicas y culturales, parece inevitable que todas nuestras
experiencias sensibles y perceptivas, por científicas que sean, estén
distorsionadas por nuestro “mecanismo mental”. Si esto fuera así, sería
imposible ver las cosas con “objetividad”; siempre las veríamos “tal como las
ve” un ser humano – probablemente de forma muy distinta a como la ve una mosca
o un murciélago –. Otro problema célebre es el “problema de la inducción”. Gran
parte de la verdades científicas son por inducción o generalización a partir de
una serie de experiencias a las que concedemos una similitud estructural. Ahora
bien, la inducción no puede demostrar que las verdades científicas sean universalmente
ciertas. Decimos por inducción que “el agua hierve siempre a 100 grados” o que “el
sol sale siempre por el este”, pero esto es un mero decir. Ninguna inducción
garantiza que el agua no deje de hervir a 100 grados en algún momento o lugar,
o que el sol vaya a salir por el este mañana…
Vayamos finalmente
al campo de las “verdades racionales”, esto es, de los saberes puramente racionales
como, por ejemplo, las matemáticas o la filosofía. ¿Son lógicas las matemáticas?
Pensemos en la idea de número (la idea fundamental de la aritmética). ¿Puede
haber más de un número, por ejemplo, dos? El dos son dos unidades (dos “unos”),
pero estas unidades son idénticas (1=1), luego no pueden ser dos, para que
fueran dos tendrían que ser diferentes una de otra (o, más bien, una de una).
De otro lado entre el uno y el dos hay un número ilimitado de números, pero
¿cómo puede estar lo ilimitado limitado entre el uno y el dos?... Con la otra
idea básica de las matemáticas, la idea de espacio (fundamental en la
geometría), ocurre exactamente lo mismo. Imaginemos un espacio pequeñito, tal
como el segmento AB; esta línea es una sucesión de muchos puntos todos
idénticos; pero ¿si son idénticos como pueden ser muchos? (sólo cabría
distinguirlos por el espacio que ocupan, pero justamente el espacio es lo que
se trata de definir). De otro lado, entre un punto y otro de esa línea ha de
haber siempre otro punto, con lo cual la línea AB sería a la vez finita e
infinita. Finalmente, si los puntos matemáticos son inextensos (no tienen
cuerpo), su dimensión espacial es cero; pero ¿cómo puede tener longitud una
línea compuesta de puntos cada uno de ellos de cero longitud?...
En conclusión, hay
algo, alguna verdad o saber, del que no podamos dudar. El filósofo Descartes realizó
todo este recorrido que hemos hecho nosotros, y por el cual no solo dudaba de
lo que vemos, sino también de lo que pensamos y nos parece lógico (incluso de
lo más evidente, pues tal vez, decía Descartes, haya un poderosísimo genio
maligno dedicado a engañarnos también en esto). Todo le parecía dudoso, menos…
que el que duda, sueña, alucina o es engañado existe. La razón es que si hay
duda, sueños, alucinaciones, engaños, etc., hay alguien que debe ser el sujeto
de esa duda, sueño, alucinación o engaño. Dudo, luego existo. Algo es algo. Y
si es que esto mismo no es también dudoso…
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