¿Hay una ciencia de lo bueno y lo justo? Universalidad y relatividad de los valores.
Ser libres es elegir lo que nosotros (y
no otros, ni las circunstancias, ni el destino…) queremos. Ahora bien, ¿por qué
queremos lo que queremos? Excluyendo el extraño caso de que queramos algo por
puro capricho irracional (como el que decide echando dados), y sea por un
impulso de la razón o por un cálculo racional, siempre va a ocurrir que
queramos lo que creemos (pensamos, sentimos…) que es bueno. Nadie es tan tonto,
o está tan loco, como para preferir lo que cree que es malo.
¿Pero y el que escoge el “mal” (robar,
matar, provocar un genocidio…), o lo que aparentemente no le conviene
(drogarse, no hacer deporte, conducir a toda velocidad…)? ¿Está realmente
escogiendo algo “malo” o inconveniente? Algunos filósofos piensan que no. Todo
el mundo – dicen – escoge lo que cree que es mejor (o menos malo). Otra cosa es
que estén equivocados y tomen por bueno o conveniente lo que realmente no lo
es…
Esto último conduce a la idea de que,
para ser realmente bueno, sin equivocación, hay que saber correctamente lo que
es bueno. Y para saber lo que es bueno (es decir, lo que realmente queremos y
nos conviene) tal vez sea preciso conocerse bien a sí mismo, y conocer el mundo
que nos rodea…
Frente a esta idea se sitúa cierta
concepción ingenua de la verdad, según la cual los más simples e inocentes (y
también ignorantes) son un ejemplo superlativo de bondad. Así, los niños son
buenos, dicen, hasta que los estropeamos los mayores y les enseñamos lo que no
deben; los nativos de las culturas más primitivas son buenos y puros, dicen,
hasta que llegan los malvados colonizadores y les corrompen; los hombres rudos
y sencillos del campo son buenos, dicen, hasta que la civilización destruye su
ancestral modo de vida… Como ya decía la fábula del Génesis, el ser humano es
bueno hasta que, pretendiendo saber más de la cuenta, rompe el equilibrio
ecológico del paraíso y hace aparecer el mal y el pecado en el mundo. Esta
teoría ingenua parece admitir que la bondad es asunto del corazón y la maldad
fruto de la soberbia y ambición de quien sabe o quiere saber demasiado
(piénsese en el sabio o científico malvado de muchas obras de ficción) … Ahora
bien: ¿Se puede ser bueno sin saber lo que es?
Supongamos que para ser bueno hay que
conocer primero lo que es bueno y justo. ¿Es esto posible? Para algunos la
respuesta es negativa. No hay forma de conocer objetivamente lo que es bueno o
malo, justo o injusto, bello o feo. La razón es que sobre estas cosas, por su
naturaleza axiológica (no son hechos, ni ideas lógicas, sino valores), no nos
es posible determinar empírica o lógicamente su contenido. Lo único que cabe
esperar, pues, de un conocimiento sobre lo bueno o valioso, son opiniones
subjetivas, impresiones, creencias culturales, pero no juicios objetivos.
Además, dichas opiniones, impresiones y creencias serán siempre relativas a
cada cultura, época y persona. Incluso relativas a cada persona en distintos
momento de su vida. Así: no habría nada objetivamente bueno o malo, y todos los
posibles juicios serían igualmente válidos (o inválidos). En este caso, la
discusión moral será estéril, y no tendrá sentido alguno y, en caso de tener
que instituir normas comunes de tipo moral o político, se recurrirá a la fuerza
(de un solo o de la mayoría, a través, por ejemplo, de los votos). A esta
concepción podemos denominarla “relativista”. Ahora bien, si el bien no fuera
algo objetivo, sino subjetivo, todo lo que haría una persona sería “bueno” o
aceptable, lo que convertiría la moral en algo imposible y contradictorio: todo
podría ser bueno y malo a la vez (según quién lo considerara). El propio
relativismo moral podría ser considerado “malo”. La palabra “bueno” y “malo” no
tendrían ningún sentido, ni siquiera para decir que lo “bueno” (lo que todos
entendemos como tal) “lo entiende cada uno a su manera”. Y ante todo esto, de
nada serviría acudir al célebre juicio popular de que “cada uno haga lo que
crea bueno siempre que no sea malo para los demás”, pues esto supone asumir
incongruentemente que lo bueno es distinto para cada persona pero que lo malo
(que es lo opuesto de lo bueno) sí que es igual para todo el mundo.[1]
En general, el relativismo parece condenar a la moral al subjetivismo y el
irracionalismo. Algo será bueno o malo según los gustos, opiniones, emociones o
creencias (religiosas, tradicionales…) de cada persona o grupo cultural.
Lo opuesto al relativismo es el
universalismo, que es la teoría de que existen criterios absolutos (la
naturaleza o esencia humana, por ejemplo) en función de los cuales determinar
lo que es universalmente bueno, justo, etc. El universalismo moral entiende
que, aunque no podamos decir de nadie (ni de ninguna cultura o época) que esté actualmente
en posesión de un conocimiento moral universal y completo, sí que es posible avanzar,
a través de la razón e incluso la constatación empírica (en todas las culturas
y épocas habría ciertas conductas unánimemente consideradas como buenas o
malas), hacia cotas mayores de conocimiento moral que todo el mundo pueda
aceptar.
Si el universalismo tiene razón, y el
conocimiento moral es posible, la ética (igual que la filosofía política o la
estética) son saberes con sentido. Llamamos, en general, ética a la rama del
saber filosófico que se ocupa del estudio de la naturaleza y la conducta moral
del ser humano (de la libertad, de la naturaleza misma de la moralidad, de la
capacidad para emitir juicios morales y actuar en consecuencia, del análisis de
diversos códigos morales…), así como de la legitimidad de sus juicios y
acciones morales (estableciendo diversas teorías o perspectivas éticas).
Veamos algunas de estas teorías.
Teorías naturalistas o sociobiológicas
En una serie de curiosos experimentos, un
equipo de psicólogos de la Universidad de Chicago mostró que las cobayas
desarrollan conductas altruistas. A dos de estas ratas, sin vínculo genético
directo, pero que convivían juntas, las enfrentaron a diversas situaciones. En
todas ellas, una de las ratas estaba encerrada en un tubo que le impedía casi
cualquier movimiento, mientras que a la otra se le dejaba libre junto al tubo.
La rata libre no solo aprendió tras sucesivos ensayos a abrir el tubo y liberar
a su compañera, sino que lo hizo en situaciones en las que la liberación no
suponía ningún premio aparente (ni siquiera la interacción con la cobaya
liberada), o en que suponía, incluso, el aplazamiento de una recompensa (la
rata liberadora anteponía la acción de liberar a su compañera a la de abrir
otro tubo, al lado, que contenía chocolate). ¿Qué significa esto?
La conducta altruista en los animales ha sido observada, a menudo, entre
individuos genéticamente emparentados. Pero estos experimentos (y otros)
sugieren que dicho tipo de conducta (en la que parecen anteponerse los
intereses de otro a los del que actúa) se produce entre individuos no
genéticamente emparentados. ¿Es esto síntoma de una conducta “moral” entre los
animales no humanos? ¿Son los animales seres capaces de actuar libremente y en
función de “principios” distintos a las leyes naturales? La respuesta habitual
es: “no”. No es que los animales sean capaces de un comportamiento “moral”. Más
bien es que lo que llamamos “moral” es, en el fondo, un tipo específico de
comportamiento biológico. Esta es la tesis que llamamos “naturalismo” o
“sociobiologismo” ético, muy generalizada en el ámbito de la ciencia y de la
filosofía materialista.
Según el naturalismo, los hechos y
creencias que solemos calificar como "morales" (las decisiones y
acciones que adopta la gente en función de creencias acerca de lo “bueno” y lo
“justo”) son, en realidad, hechos naturales y culturales explicables por la
biología y las ciencias humanas (antropología, psicología, sociología,
economía, etc.). En último término, los hechos “morales" serían parte de
estrategias de animales sociales tan complejos como nosotros, para los que
comportarse de forma “altruista”, y en función de ciertas creencias sobre lo
que es bueno o justo, resultaría adaptativo, esto es, facilitaría el éxito
biológico del grupo y, secundariamente, del individuo. Así, toda conducta moral
podría ser explicada a partir de leyes sociobiológicas y culturales
(entendiendo el comportamiento social y cultural como un tipo complejo de
conducta biológica), y creencias morales relativas a valores como la
“generosidad”, la “sinceridad”, la “fidelidad”, la “disciplina”, la
“honestidad”, el “respeto”, etc., no serían más que ideas útiles para asegurar
la estabilidad y el funcionamiento del grupo[2].
La conducta moral, no existiría, pues, como tal.
¿Os parece razonable esta teoría? ¿Es la “moral”
no más que una complicada estrategia natural seleccionada por su eficacia para
lograr el éxito de la especie? ¿Qué pensáis? El naturalismo ético quizás pueda
explicar conductas “altruistas”, como sacrificarse por seres genéticamente
similares o seres con tu misma cultura (dado que la cultura sea algo así como
la “manada”, o incluso la “especie”). ¿Pero cómo explicaría una conducta
contraria a la cultura (como la del rebelde)? ¿Sería algo así como una “mutación”?
Más aún: ¿cómo explicaría una conducta contraria a toda la especie (es decir, a
toda cultura)? Recuerdo un dilema moral que escuche una vez a un amigo:
imaginaos que unos extraterrestres muy poderosos amenazaran con destruir a toda
la humanidad si no se les sacrificaban cien niños inocentes. ¿Habría personas
que prefirieran destruir el mundo entero antes de convertirse en autores de ese
infanticidio (¡Hágase justicia aunque perezca el mundo!) ¿Sería esta una
conducta explicable desde la hipótesis naturalista?
Teorías emotivistas o del placer y la felicidad
¿Qué es una ética emotivista (tal como el
hedonismo, o el utilitarismo)? Simplificándolo al máximo: una teoría que
estipula la vivencia de ciertos estados emotivos (felicidad, placer, gusto...)
como justificación última de los juicios morales. Así, a la pregunta acerca de
por qué es bueno o moral hacer X, la respuesta sería: porque X nos hace
felices, nos gusta, etc. Un juicio moral
sería, así, no más que la expresión de un estado anímico: “X es bueno” equivale
a “Me agrada, me hace feliz que ocurra X”. La moral parece convertirse entonces
en algo profundamente subjetivo (y relativo): expresa los particulares estados
anímicos del sujeto o sujetos implicados en una decisión o acción; y no todos
tienen por qué coincidir en ese estado anímico. Lo que a unos les gusta o hace
felices no tiene por qué ser igual que lo que les gusta a otros; o lo que es
vivido como gozoso en unas culturas igual no es vivido así en otras, etc. Las éticas emotivistas apuestan, por tanto,
por un irracionalismo de fondo, en cuanto es la emoción, y no la razón, la que
determina, en último término, los juicios y la conducta (la razón es, a lo
sumo, un instrumento al servicio de las emociones).
El hedonismo.
Las teorías hedonistas identifican el bien con un sentimiento positivo,
al que generalmente se denomina placer, en griego hedoné, de donde el
nombre de ‘hedonismo’. No cualquier placer, desde luego, sino más bien “el
mayor placer”. La gente suele asociar al hedonismo los placeres sensuales (la
comida, el sexo, etc.), pero la mayoría de los hedonistas entienden como
superiores los placeres “del espíritu” (la amistad, el disfrute estético, el
conocimiento, etc.) y, en caso de conflicto, estiman como conveniente moderar o
incluso renunciar a los placeres “de la carne”. De otro lado, la mayoría de los
hedonistas afirman que lo bueno es el mayor placer “a lo largo de la vida”, es
decir: lo que es placentero a medio y largo plazo (y no solamente en el instante
presente). De ahí la famosa norma hedonista: “Es preciso aceptar un dolor
actual si me reporta un placer futuro mayor. Es preciso rechazar un placer
actual si me reporta un dolor futuro mayor”. Así, un hedonista podría negarse a
consumir ciertas drogas placenteras si calcula que esto le reportará mucho
dolor en el futuro; o podría esforzarse en estudiar, aunque no le reporte
placer, si piensa que gracias al estudio logrará en el futuro un trabajo
placentero, etc. El hedonista tiene que hacer, pues, la cuenta de los placeres
y dolores que le reportará cada acción, y elegir la que tenga el “saldo” más
positivo.
Puesto que un sentimiento es una experiencia privada (particular) y
contingente (puede cambiar en cualquier momento), el hedonismo cree que el
criterio de lo que es bueno o malo está, en último extremo, en lo que cada uno
siente en cada momento (lo bueno es lo que, de momento, siento que me
proporciona o que me puede proporcionar placer o felicidad a mí). Los juicios
morales no serían así fundamentalmente justificables por la razón, que tiende a
proporcionar verdades universales y necesarias (no particulares y
contingentes). Ahora bien, dado que los hedonistas necesitan hacer una especie
de cálculo de los placeres para estimar cuál es el mayor placer a largo plazo,
los hedonistas también utilizan la razón. No sólo para hacer dicho cálculo
(deduciendo las previsibles consecuencias de cada elección), sino también para
averiguar que medios son los más adecuados para el logro de esos placeres ,
para distinguir placeres falsos o irracionales de otros que no lo son, para
justificar a posteriori lo que ya hemos elegido por ser placentero, etc. Según
el hedonista, todo el mundo actúa, en el fondo, movido por el anhelo de
placeres y el rechazo del dolor, es decir, por la expectativa de una recompensa
placentera. Nos gusta a veces vernos
como seres desinteresados y sacrificados, que ponen altruistamente el bien de
los otros por encima incluso del propio placer. Pero para el hedonista esto es
una versión autocomplaciente y ciega. Si examinamos nuestros móviles con
cuidado veremos que siempre extraemos o esperamos extraer de nuestros actos
(incluso de los más altruistas) un placer, presente o futuro, o al menos evitar
un dolor .
¿Qué objeciones podemos encontrar al
hedonismo? Veamos. Si lo bueno o malo se establece en función de los
sentimientos (de placer y dolor), puesto que los sentimientos son muy variables
y no son los mismos en todas las personas, no hay posibilidad de establecer
unas normas morales estables y comunes a todos (la moral sería contingente,
relativa a cada persona). Hasta tal punto de que si alguien encontrara placer
en asesinar a los demás no podríamos decir que su conducta es moralmente mala.
Algún hedonista podría aducir que cabría poner un cierto límite, como: “haz lo
que te guste siempre que no impidas que los demás hagan lo mismo” (como se
supone que, en general, a la gente le gusta seguir vivo, esto impediría
justificar moralmente al que mata por placer). Ahora bien, este principio no es
en sí mismo hedonista, pues ¿y si a alguien le gusta impedir que los demás
hagan lo que a ellos les gusta? Tendríamos que concederle que actúa, de nuevo,
moralmente. Ante estas dificultades, el hedonista sólo puede ya confiar en que
todos los seres humanos tengan similares sentimientos de placer y dolor, y que
el que alguien sienta placer matando a otros sólo sea una “anormalidad” muy
improbable. Otra objeción posible al hedonismo es esta: ¿Por qué va a ser bueno
el placer y malo el dolor? El hedonista puede responder: porque es evidente que
todo el mundo (o, al menos, la mayoría) busca el placer y rehúye el dolor. Pero
esto implica, al menos, dos dificultades importantes. (a) ¿Cómo sabe el
hedonista que la mayoría de la gente persigue el placer y rehúye el dolor? Si
ambas cosas, placer y dolor, son sentimientos subjetivos, no parece fácil de
“observar” lo que es el placer y el dolor en general ni, por tanto, que la
gente actúe en función de estos. (b) Incluso si esto fuera observable, ¿por qué
vamos a inferir que algo es bueno del simple hecho de que la mayoría de la
gente le guste o lo practique? ¿Si a la mayoría de la gente les da por
perseguir y matar a las “brujas” también diremos que matar brujas es lo bueno?
Este error es, de nuevo, el que ya denominamos “falacia naturalista”, y
consiste en confundir lo que de hecho ocurre (que la gente persiga el “placer”
y rehúya el “dolor”) con lo que moralmente debería ocurrir. Otra objeción
posible es la de que el hedonismo nos hace esclavos de nuestras emociones y
gustos, y elimina nuestra libertad para decidir lo que es bueno y lo que es
malo. Ahora bien, si no somos libres para decidir voluntaria o racionalmente lo
que es bueno y lo que es malo, ¿tiene sentido hablar de moral (ni tan siquiera
de una moral hedonista). Finalmente, supongamos que se nos ofrece una sustancia
que nos produzca, si la tomamos, una sensación perpetua de placer. Pase lo que
pase a nuestro alrededor no nos disgustaremos, sino que seguiremos igual de
felices (o, si queréis, cada vez más felices). ¿Querríamos tomar esta
sustancia? ¿Deberíamos querer tomarla? Suele decirse que no, porque no estamos
dispuestos a sacrificar nuestra conciencia de las cosas a cambio de la
felicidad. Una felicidad artificial o falsa no nos atrae. Pero ¿por qué? ¿Acaba
esto con la teoría hedonista?
El utilitarismo
El utilitarismo o “consecuencialismo” es
una teoría moral muy próxima al hedonismo: lo único bueno es el placer o
felicidad, identificada como un cierto estado emocional positivo en el sujeto.
Pero, a diferencia del hedonismo, el utilitarismo pretende tener en cuenta no
la felicidad de uno mismo sino la felicidad del mayor número. Su lema es: la
mayor felicidad para el mayor número de seres. En cada caso debemos decidir
nuestra acción teniendo en cuenta las consecuencias totales (hasta donde sea
posible preverlo) y elegiremos aquella acción que produzca la mayor cantidad de
felicidad total. Por ejemplo, si he de decidir entre donar el grueso de mi
fortuna a mi hijo o bien a una institución que va a distribuirla entre muchas
personas necesitadas, una ética utilitarista me obligaría a escoger la segunda
opción. O por pensar en un caso más polémico: si un equipo médico (con un
código moral utilitarista) tuviera que optar entre atender antes a uno de dos
pacientes igualmente a punto de morir, y supieran que uno de ellos es, por
ejemplo, un artista cuyas obras entusiasman a la gente, y el otro un hombre
huraño y solitario, deberían, tal vez, atender antes al artista...
Todas las objeciones que se hacen al
hedonismo en cuanto teoría fundada en estados emotivos afectan también al
utilitarismo, y podemos añadir las siguientes:
El cálculo de lo que hace feliz o no a la
mayoría no es nada fácil. ¿Cómo medir la felicidad? Es más: cómo medir y
comparar la felicidad de personas distintas. ¿No son los sentimientos algo
“subjetivo”? ¿No se cree, acaso, que “cada uno” es feliz “a su manera”,
etc.?... De otro lado: la exigencia de que sea la mayor felicidad para el mayor
número es también problemática. Supongamos que conseguir el mayor placer del
mayor número (en todo el mundo) aporta menos bienestar que si toda la felicidad
estuviese localizada sólo en unas cuantas personas (que fueran las que mejor
“supieran” de verdad ser felices, por ejemplo). Así, si los placeres del
espíritu (el arte, el pensamiento, etc.) son más intensos que el simple placer
de comer un trozo de pan, ¿no será mejor que el dinero destinado a paliar el
hambre en el mundo se ofrezca antes a aquellos (quizás pocos) humanos que
demuestren mucho talento para el arte, el pensamiento, etc., para que así
puedan dedicarse plenamente a su obra?
De otro lado: no parece posible prever todas las consecuencias de cada
una de nuestras acciones, para así saber con exactitud si contribuyen o no a
acrecentar la “felicidad” de la mayoría. Tal vez podamos preverlo hasta cierto
punto (por lo que sólo somos responsables hasta ese punto), pero ese grado de
imprecisión vuelve muy problemático todo cálculo acerca de la mayor o menor
“felicidad” general que implican cada una de nuestras acciones. Así, la idea utilitarista
de que “el fin justifica los medios” resulta muy problemática. ¿Está
justificado, por ejemplo, dejar morir a un paciente cuyo tratamiento es
demasiado caro y específico, con la excusa de que, con el dinero que cuesta
podríamos construir un hospital en África para salvar en el futuro la vida de
un montón de niños? ¿Estaría justificado que un gobernante mintiera a la
población acerca de la existencia de un problema (frente al que la gente no
pudiera hacer nada), para que así la mayoría viviera más feliz? ¿Se debería
torturar tan cruelmente como fuera necesario a un terrorista confeso para que
diga dónde ha puesto la bomba que puede matar a un montón de gente?...
Teorías voluntaristas o del poder y el deber.
Según este grupo de teorías, lo bueno o valioso es determinado por pura
voluntad, independientemente de que nos resulte placentero (o incluso de que
nos resulte racional). La persona realmente virtuosa no se deja arrastrar por
sus emociones, sino que es capaz de imponer, por encima de todo, su voluntad...
Ahora bien: ¿qué es lo que bueno según la voluntad? Aquí el voluntarismo se
divide en teorías que podemos considerar irracionalistas (como la del filósofo F.
Nietzsche) y en otras que podemos considerar más racionalistas (como la del
filósofo I. Kant). Según el voluntarismo irracionalista de F. Nietzsche, lo que
la voluntad determina como bueno o valioso es, sobre todo, su propio poder. Es
voluntad de poder. Lo bueno es lo que quiero porque yo lo quiero. Lo que el
hombre quiere es, justamente, poder, no felicidad . El hombre con una voluntad
fuerte y poderosa determina qué sentimientos quiere tener. De otro lado, el
hombre poderoso también determina qué razones son más convenientes para
justificar (a posteriori) lo que su voluntad quiere. En suma: la voluntad
manda. Y el hombre bueno es el hombre poderoso capaz de imponer su voluntad
incluso contra sus propios sentimientos y contra la misma razón si es
necesario. Por otra parte, en el voluntarismo kantiano es también la voluntad
la que determina lo que es bueno, pero esta voluntad es muy distinta de la
nietzcheana. Para Kant la voluntad es también un querer independiente de la
emotividad , pero no independiente de la razón como en Nietzsche (tal es así
que, para Kant, la voluntad es considerada parte de la razón, y la llama “razón
práctica”).
Teorías racionalistas o de la virtud y el saber.
Las éticas que hemos visto hasta ahora
situaban el bien o al menos el criterio de lo bueno en los sentimientos o en la
voluntad. En algunas de ellas la razón tenía un papel importante, pero en
ninguna era la facultad fundamental para la moral. Era a lo más el medio más
valioso para encontrar lo que los sentimientos o la voluntad deseaban. Pero hay
otras teorías éticas, minoritarias en la actualidad, que sitúan el criterio de
lo bueno o lo bueno mismo en la inteligencia o entendimiento. Según estas
teorías lo bueno es lo que yo determino o quiero en cuanto entiendo que es
bueno. La voluntad estaría, pues, subordinada al entendimiento. A estas teorías
se las conoce con el nombre de intelectualismo moral o racionalismo moral; y
puede ser moderado, como en el caso de la ética aristotélica, o más radical,
como en la ética de Sócrates y Platón.
[1] Si lo bueno es según cada uno, entonces lo bueno también puede
ser, con toda legitimidad moral, hacer lo que quiera con los demás, basta con
que a mí eso me parezca “bueno”...
[2] Por ejemplo, según algunos etólogos, la fidelidad sexual se
mostró como una conducta eficaz para reducir los conflictos entre machos en
grupos que dependían estrechamente de la cooperación en la caza. La sinceridad
aseguraba una mayor eficacia comunicativa entre los miembros del grupo. La
generosidad garantizaría un nivel de tensión aceptable ante la distribución,
casi siempre desigual, de los recursos. Otros “valores” o principios morales
(el respeto a la propiedad o la vida de otros, el cumplimiento de las promesas,
el valor del trabajo, etc.) parecerían tener una funcionalidad más clara aún en
el sentido de la estabilidad y pervivencia del grupo…
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