El mito platónico del amor. ¿Por qué no nos conformamos con nada?
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Auque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.
Por qué desobedecieron Adán y Eva la orden de Dios Padre. ¿No eran plenamente felices en el Paraíso? ¿Cómo es que fue tan fácil para la serpiente tentarles? ¿Qué les prometió? Les prometió que si probaban del árbol del conocimiento (si saboreaban el saber) sus ojos se abrirían y serían como dioses. ¿Y qué ser no quiere ser todo lo que puede ser? ¿Qué semilla no "quiere" convertirse en árbol? ¿Qué niño no quiere crecer? Si es verdad que Dios Padre nos hizo a su imagen y semejanza, cómo quería que no quisiéramos ser como él...
Adán y Eva pecaron porque prefirieron el dolor de crecer a la felicidad de no saber. Felicidad que, de todos modos, difícilmente parece realizable una vez que alguien (la serpiente) les hizo saber que estaban ciegos, es decir, que no sabían (lo que se perdían). O una vez tenían constancia de que había algo que, por arbitrariamente prohibido, se convertía, ipso facto, en objeto de su incipiente raciocinio. La serpiente, por cierto, aunque es pintada como el diablo, se identifica a veces con la razón misma, y podría también caracterizarse como el héroe principesco que, con un beso (parece que todo empieza siempre por la boca, el lugar originario del "lógos"), salva a la princesa (es decir: a nosotros mismos) de su sueño eterno.
En cualquier caso, pecamos. Y dice el Génesis que entonces Dios nos castigo a trabajar y parir con sudor y dolor, aunque tal vez el verdadero castigo, fue otro. Decía Oscar Wilde que “cuando los dioses quieren castigar a los hombres, les conceden lo que desean”. ¿Y no fue este el verdadero castigo divino?
¿Por qué es un castigo concedernos lo que deseamos? Porque siempre deseamos lo que no tenemos… Y cuando lo tenemos, ¡qué decepción!... Volvemos a desear otra cosa, ir aún más lejos, siempre, infinitamente, porque, como decía Luis Cernuda, el deseo es “una hoja cuya rama no existe (…), una pregunta cuya respuesta nadie sabe”.
Somos el animal insatisfecho, siempre queremos más, porque estamos hechos de barro, pero también -- como decía Shakespeare -- de la sutil materia de los sueños. Por mucho que tengamos siempre podemos imaginar o soñar algo mejor. La hierba siempre es más verde a lo lejos, y el horizonte siempre más prometedor que el suelo que pisamos...
Este anhelo inacabable es la inquietud que nos mueve, el deseo que nos empuja a buscar y a crecer, la zanahoria del burro. Diríamos que el "movimiento" es el modo de ser de los que aún no somos todo lo que podemos o debemos ser. Esa es nuestra naturaleza y nuestro castigo...
Ahora bien, ¿qué nos hace, en el fondo, tan disconformes? ¿Qué es aquello que nos parte o abre en dos, haciéndonos sentir a cada momento esa brecha incurable entre la realidad y el deseo? Si nunca estamos contentos con nada, es que lo queremos todo; si todo nos parece imperfecto, parcial, insuficiente, es que aspiramos a la perfección, a ser mejores, a buscar lo que siempre nos falta (siempre falta algo).
Buscamos la perfección porque sabemos que nos falta. Saber que nos falta la perfección es fácil (basta mirarse al espejo de la conciencia un par de segundos), pero también es imposible: ¿Cómo vamos a saber nada de lo perfecto? ¿Dónde podríamos haberlo aprendido?
“Neti, neti”, decían los sabios brahamanes cada vez que un discípulo intentaba responder a la pregunta por lo divino o perfecto. "Neti, neti" significa “no es esto, no es aquello”. Lo perfecto no está en ningún lado. Tampoco en nosotros mismos (¿Quién es tan loco de creerse perfecto?). ¿Entonces? ¿De dónde hemos obtenido la idea de perfección? ¿Cómo es que, sin conocerla, la buscamos sin parar? ¿O es que acaso sí que la conocemos, o más bien la conocimos, alguna vez, cuando éramos más que este sofisticado amasijo de carne y huesos?
Cuando una pregunta no tiene respuesta (o un deseo no tiene cura) lo mejor, siempre, es contar un cuento. Como este.
El cuento del nacimiento del Amor
Cuenta el filósofo Platón que en un banquete de cuento, que celebraron unos nobles amigos en honor de uno de ellos (el más cuentista, pues era poeta), decidieron invertir la gracia y la luz del vino trasegado en hablar de amor. Y cuando fue el turno de un tal Sócrates, éste contó lo que una sabia mujer, Diotima, le contó una vez acerca de lo que contaban del nacimiento de Eros, el dios del Amor.Cuenta este cuento de cuentos, que en un olímpico banquete, en que los dioses celebraban el nacimiento de Afrodita, diosa de la belleza (el aspecto más sensible de la Perfección), el astuto dios Poros (literalmente, el dios de los Recursos o los Medios), embriagado de néctar, fue "forzado" por Penia (la diosa de la Carestía), que andaba vagabundeando por allí. El fruto de esa relación accidental e irregular, cuenta Platón, fue Eros, el dios del Amor (o, más estrictamente, del Deseo). Eros, que viene a ser también aquello que anima al ser humano (su ánima o energía vital), es, pues, una especie de dios a medias que, pese a su filiación divina y a estar marcado por la belleza y perfección de Afrodita, bajo cuyo signo nació, carece, por lo imperfecto de su génesis y la naturaleza de su madre (la menos divina de las diosas), de una divinidad completa. Siendo así una mezcla entre lo más y lo menos divino o perfecto, Eros estará condenado a perseguir siempre la perfección. Así, vagará sin casa, siempre menesteroso e insatisfecho, como su madre, a la vez que desplegará mil artimañas para lograr sus fines merced a la astucia o inteligencia heredada de su padre. De esta constitución partida o incompleta proviene la esencia de lo humano, a saber: el deseo o tensión erótica que nos mueve a cada instante de lo imperfecto a lo perfecto, de lo que vamos pobremente siendo a la plenitud que soñamos y deberíamos poseer, y que somos capaces de entrever en el mundo sensible bajo el aspecto de la belleza.
El amor, dice Platón, es búsqueda de la Perfección que alguna vez conocimos bajo su aspecto de Belleza pura (Afrodita). Esta perfección en forma de belleza la descubrimos primero en los cuerpos bellos (primero en uno y luego en muchos, comprendiendo lo que tienen todos en común), de la unión amorosa con los cuales proviene la descendencia. Luego, cuando descubrimos que la Belleza no puede estar más que de prestado en esos cuerpos, aprendemos a amar las almas buenas, de cuya unión nacen las buenas obras y proyectos (y también el prestigio, la buena fama). Y más tarde, cuando comprendemos que no se puede ser bueno o justo sin saber que es lo Bueno y Justo en si, descubrimos que no hay otro amor pleno que el amor a las ideas y a la verdad, esto es, la filosofía.
Si el amor es ansia de perfección, es decir: de crecer todo lo que haga falta para poder volver al cielo de donde provenimos (como Eros, que en cierto modo es una especie de ángel caído), el objeto del amor es unirse a todo aquello que haga crecer o engrandecerse al alma. Ahora bien, dado que un alma es tan grande y alta como aquello que comprende, el amor más efectivo es aquel que busca constantemente la unión con la verdad. Además, no hay forma más plena e inmortal de amor que aquella que nos une, de forma más profunda (con la penetración del entendimiento) a lo más eterno (mucho más que la de los hijos y la fama).
La naturaleza humana, pues, consiste en un deseo incesante de perfección; y ese deseo no tiene mejor cumplimiento que a través del conocimiento. El ser humano es, pues, por naturaleza, un filósofo.
Aquí tenéis mi interpretación del cuento. Pero es solo la mía. Y aquí, su versión radiofónica.
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