Dudo, luego filosofo. De Sócrates a Descartes.
Según vimos en la sesión anterior, el amor a la sabiduría (es decir, la filosofía) es el modo idóneo de engrandecer y perfeccionar el alma, de ser más y mejores. Ahora bien, ¿por qué habíamos de creernos tal cosa? Al fin y al cabo, lo que os conté estaba trufado de mitos. Anclar el origen y necesidad de la filosofía en mitos parece, cuando menos, dudoso… Pero he aquí que la duda es otra de las manifestaciones de nuestra supuesta “naturaleza filosófica”. Dicen que decía ese maestro de maestros que fue Sócrates que no había en Grecia nadie más sabio que él. Pues solo él –decía este paladín de la ironía— tenía claro que no tenía claro nada. Solo sé que no sé nada , decía saber Sócrates, y justo por eso, por saber que no sabía, era por lo que aspiraba a saber “de verdad”. Ahora bien, ¿qué diferencia hay entre un “saber de verdad” y un falso saber (es decir, un saber que no lo es)? Todos tenemos la cabeza llena de representaciones o creencias: percibimos, imaginamos, so...